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Solaris

Portada Solaris | Entretramas

StanisławLem, autor de culto, publicó Solaris en 1961. La premisa es fascinante a la par que sencilla, aunque la intriga que nos genere este telón de fondo sobre el que se erige la historia, pronto perderá protagonismo para cedérselo a las dudas filosóficas y psicológicas que plantea el texto y que son su gran baza.

Antes de ahondar en la obra, destacar que esta edición en particular, de Impedimenta, además de contar con una calidad material considerable y con la conocida belleza de sus ediciones, nos trae el texto traducido por primera vez directamente del polaco, de la mano de Joanna Orzechowska.

El planeta Solaris fue descubierto hace más de un siglo y se estudia desde la estación ubicada en el propio planeta, flotando a unos metros sobre su superficie. El psicólogo Kelvin llega allí, esperando encontrarse con tres científicos, para continuar con unas investigaciones que parecen no conducir a ninguna parte y que llevan décadas contradiciéndose. Cada nueva teoría, basada casi exclusivamente en hipótesis, trata de desmentir las anteriores solo para ver cómo en unos pocos años el proceso vuelve a repetirse y esta nueva es desmentida en aras de otra nueva formulación, con unas tesis como fundamentos tan inestables como la propia superficie oceánica de Solaris. Así es, el planeta está totalmente cubierto por una sustancia similar al agua que conforma algo que nos recuerda a un océano y, según se sabe, está vivo. Es decir, todo él es un ser. También se presupone que es inteligente, y aquí comienzan la infinidad de quebraderos de cabeza.

El lector pronto empezará a sospechar que, muy probablemente, durante la novela no se esclarecerá del todo qué es y cómo es Solaris más allá de su aspecto puramente físico. También dudará de si la tan ansiada comunicación con el mismo llegará o no a buen puerto, o de si se realizará siquiera. Bueno, ¿y qué? Eso es el envoltorio, el marco. Algo que me recordó a la serie The Leftovers (2014). En aquella hay interés por descubrir por qué desapareció toda esa gente y averiguar dónde está, si es que realmente está en algún lugar, si es que siguen con vida. Pero viendo cómo se desarrolla y cómo evolucionan sus personajes, estas primeras incógnitas pierden fuerzas y el interés recae en cómo los que se quedaron se enfrentan a la pérdida, a las dudas y al vacío. La serie no trata de la desaparición, al igual que Solaris no trata sobre el planeta Solaris. Aquí lo que imperan son los personajes, sus sentimientos y emociones, el terror ante lo desconocido, la pérdida o, abocándonos de lleno a ese mar aceitoso de olas titánicas, a lo que podamos ver reflejado en él.

Lem emplea un narrador en primera persona para que sintamos todo a través de su protagonista, para que experimentemos sus mismas emociones e incertidumbres. Desde el principio, en esa inmersión a la estación, existen la descolocación, la soledad y cierta claustrofobia. Kelvin sabe qué va a encontrar y a quiénes, o cree saberlo, pero pronto le invadirá el desconcierto, sentimiento que irá mutando y derivando en otros peores y más intensos a medida que dé sus primeros pasos por la estación.

El léxico empleado es rico y complejo, justificado, porque no abruma ni complica la lectura, y deriva en una prosa muy notable. Totalmente precisa y efectiva y siempre, como la buena fotografía de una película, al servicio de la narrativa que moldea y en la que ahonda.

La habilidad descriptiva de Lem es evidente, pues al situarse la acción en el interior de la estación, Kelvin solo puede hablarnos de lo que ve y siente allí dentro y de lo que se atisba a través de las ventanas, es decir, la propia superficie de Solaris. No hay nada más. Y resulta impresionante. Estas descripciones son ricas, directas y muy elaboradas.

Los espacios llaman mucho la atención. Los interiores de la estación, metálicos, mecánicos, cerrados y pequeños, claustrofóbicos, casi únicamente funcionales. Lo que se ve desde la ventana, la inmensidad, la nada, la calma terrorífica y, durante las cortas noches –Solaris tiene dos soles–, una negrura inabarcable y hostil, tanto como lo puede ser la naturaleza, en la que solo cabe imaginar aquello que mora en nuestra cabeza. La primera vez que describe las olas del planeta me invadió ya una incómoda sensación; su lento movimiento y su gigantesco tamaño, aludiendo a que se asemeja a un océano solidificándose, y todo ello bañado en una luz antinatural, en tanto que es una que no existe en nuestro mundo.

Algo que también me atrapó fue la propia luz. Un sol es naranja, similar al nuestro. El otro, celeste. Se suceden en intervalos extraños, el más breve de unas pocas horas. Durante esta efímera noche, oscuridad total y nada más. Plana o profunda, como se quiera imaginar, pero nada más. Ventanas que no conducen a ninguna parte.

Las luces del interior de la estación se encienden de súbito y automáticamente cuando uno penetra en una estancia. Luces blancas puramente artificiales. Esto puede llegar a confundir y a producir una nada orgánica sensación de tedio. En la aurora celeste, las persianas, también automáticas, se levantan y todo queda pintado de gris, de un incómodo color ceniza. En el naranja, aun siéndonos más humano, también se perciben efectos y paletas extrañas. Todo ello me dio la sensación de que la negrura era mala, pero también cualquier atisbo de luz, natural y exterior o artificial e interior, era, aunque no desprovista de hermosura, perturbadora y también antinatural. No había positividad ni en la luz ni en la oscuridad, y nada queda fuera de esa dicotomía.

Tan extraño es este mundo y lo que sucede a bordo de la estación, que el primer encuentro entre kelvin y Snaut, uno de los científicos, resulta también perturbador. Snaut parece no reconocer apenas a otro ser humano –uno nuevo, al menos–, o no poder ya reconocer si realmente lo es, sea lo que sea lo que signifique esto. Cuando ve a Kelvin siente miedo y, aunque este se diluye paulatinamente cuando arranca su curiosa y entrecortada conversación, la aversión que siente al mirarlo no disminuye. Desde ese momento la locura comienza a golpearnos, a Kelvin y a nosotros, y apenas deja de hacerlo en toda la novela.

Pronto Kelvin, a través de averiguaciones propias, a través del suicidio de uno de los tripulantes, del que ni Snaut ni Sartorius –el tercer científico– parecen querer hablar, descubrirá qué es lo que ocurre en la estación. Al parecer no están solos, porque hay visitantes entre ellos. Kelvin se cruza con uno de esos extraños seres y queda desconcertado –también cabría aterrorizado, cómo no–, pero siguen sin lloverle las respuestas por parte de sus compañeros.

Estos visitantes no son otra cosa que seres creados por el ser inteligente que es Solaris. Hasta qué punto lo es, no lo sabemos; tampoco el motivo por el cual los alumbra. Y los seres están sacados directamente de los habitantes de la estación. Materializaciones de recuerdos muy concretos y enterrados profundamente en sus mentes. La visitante de Kelvin, por ejemplo, es una novia que tuvo años atrás y que se quitó la vida. Se le aparece con la edad que tenía entonces, diecinueve años, y no parece saber gran cosa de lo que pasó. Conoce a Kelvin, sabe que están juntos, pero no que se suicidó ni que, según él siente, la culpa fue suya.

Y ahí tiene, materializada ante sus narices, a su antiguo amor, al ser amado y perdido, a la culpabilidad sin resolver más horrenda. ¿Es un ser extraño, vivo, real? Sí. ¿Es una persona, un ser humano? Aunque a priori uno diría que no, es de carne y hueso, racional, posee recuerdos, siente, expresa emociones y sentimientos, padece dolor, angustia, experimenta miedo, sufrimiento, rabia, desconcierto y desconsuelo…

La novela, respecto a esta cuestión, posee varias escenas de una intensidad tal que catalogarlas de terribles sería quedarse corto. Porque estos visitantes llegan y nunca se van, y en el caso de hacerlo, vuelven. En un primer momento, ante el desconcierto y lo horrendo de encontrarse cara a cara con esa versión de Harley –su visitante–, se libra de ella engañándola para montarla en un cohete y sacarla del planeta. Lo consigue, pero, ¿a qué coste psicológico y moral? Según Snaut, ella volverá, aunque la primera todavía se halle en órbita. ¿Se deshará entonces de la segunda Harley? ¿Cuál es la verdadera? Cuestiones difíciles de enfrentar. ¿Cometió un asesinato al montarla en un cohete del que no volverá y donde acabará muriendo asfixiada o de hambre? Porque parece humana, no es algo mecánico desprovisto de conciencia. Lo más lógico sería pensar que sí.

En otra escena, Harley intenta suicidarse ingiriendo oxígeno líquido. No lo consigue por el simple hecho de que, dada su constitución, sus heridas sanan muy rápidamente, pero el sufrimiento físico y su posterior daño psicológico no son distintos al de ninguno de nosotros. Y Kelvin debe presenciar esto y preguntarse qué estará sintiendo como para llegar a hacer tal atrocidad. Estos dilemas son los que hacen de Solaris una obra que la hace ir más allá de la ciencia ficción.

El protagonista debe enfrentarse a Harley, a sí mismo. Kelvin, como los demás, debe intentar averiguar más de Solaris, cometiendo el mismo error que los demás: tratar de hacerlo desde un punto de vista humano, cuando todo allí no lo es; se trata, literalmente, de un entorno inhumano, por lo que intentar entenderlo desde nuestro prisma es quizás una tarea fútil que solo conduce a la nada y a la locura.

Puede que Solaris sea un Dios primigenio en un primer estado evolutivo; puede que sea la respuesta a todas nuestras preguntas, a los inicios de la vida en el universo; puede que sea todo eso o que no sea absolutamente nada, quizás un ser vivo primitivo sin consciencia que obra arbitrariamente, si es que realmente lo hace, tal vez una entidad no más inteligente y capaz que un bebé… Los quizás son inabarcables, pero, de nuevo, puede que la importancia radique en replantearse las propias preguntas; las que conciernen a uno mismo, a la humanidad, y no a algo que quizás nunca lleguemos siquiera a poder concebir.

En definitiva, la obra de Stanisław Lem posee unos entramados y plantea unas cuestiones como para estar hablando de ella durante semanas o meses tras finalizar la lectura, rápida y amena a pesar de su complejidad técnica y narrativa, que dejará en nosotros una huella difícil de borrar.

Sobre el autor

Stanisław Lem

(12 de septiembre de 1921-27 de marzo de 2006) fue un escritor polaco cuya obra se ha caracterizado por su tono satírico y filosófico. Sus libros, entre los cuales se encuentran Ciberíada y Solaris, se han traducido a 40 lenguas y ha vendido 27 millones de ejemplares. Es considerado como uno de los mayores exponentes del género de la ciencia ficción y uno de los pocos escritores que siendo de habla no inglesa ha alcanzado fama mundial en el género.

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