Llegué a esta novela a través de la recomendación de un profesor universitario unos años atrás. Según su criterio, esta narrativa me sería de ayuda en el TFM. Con esta casualidad llegó Iris Murdoch a mis oídos y, ya tras abordar las primeras páginas de la lectura, no pude más que agradecerle a mi tutor el buen juicio que había tenido. Si mi trabajo hubiera ido por otros derroteros, todo esto podría haber cambiado, pero sé que tarde o temprano habría obtenido, o eso espero, la fascinación que la irresistible e ineludible lectura de la novela me produjeron.
Más casualidades han hecho que, hasta la fecha, esta sea la única obra de la irlandesa que haya leído, pero la relectura de la misma ha sido la que me ha empujado, de nuevo ineludiblemente, a escribir estas páginas.
Esta es, quizás, la obra más conocida de Iris Murdoch, al menos para estos tiempos, para sus lectores más nuevos. Publicada en 1978, El mar, el mar le valió el Premio Booker, aunque antes ya hubiera escrito casi una veintena de novelas.
Nuestro protagonista, Charles Arrowby, un famoso dramaturgo y una celebridad del mundo del espectáculo, decide abandonar Londres al jubilarse y retirarse a un lugar apartado de la costa británica, huyendo de la farándula.
Lo que pretendió con esta decisión fue dejar atrás todo su amplio círculo de amistades, conocidos y la frenética vida social que implicaban, para ir en busca de la tranquilidad, la reflexión, la introspección y la soledad que el mar podía aportarle.
Ya desde el inicio, la obra, escrita en primera persona, se nos plantea como una especie de memorias, de diario o de autobiografía novelada, aunque no queda definido con férrea claridad, puesto que ni el mismo autor está seguro de qué escribirá exactamente ni del cómo, por lo que no puede asegurar a qué se asemejará el resultado final. Aquí encontramos una de las gracias de la novela y, además, se nos explicita una de sus características principales: el de la configuración continuada, el ir dando forma paulatinamente y sin un rumbo fijo o determinado. Iris Murdoch escoge con acierto este narrador sospechoso que es Charles, que va contándonos su historia, y cuyas reflexiones referentes al cómo son constantes. Seremos testigos del modo en que su mente, sus recuerdos y la brutal subjetividad que empapa toda la obra van moldeando los hechos de la narración, desde el inicio hasta el final absoluto. Teniendo en cuenta la naturaleza de la novela, esta es una de sus grandes bazas.
Y cuando digo naturaleza me refiero a que estamos asistiendo a una crónica, resumen o exposición de los recuerdos, obsesiones, traumas y locuras de este hombre. Las vivencias de su pasado se entremezclan con el presente que él orquesta y que se modifica en su mente bajo sus filtros y prismas, para ser regurgitados y expuestos de nuevo en su diario, en el que son continuas las vueltas atrás, las revisiones y el añadido de comentarios para dotar de nuevos significados a lo ya escrito, e incluso para desecharlo o desacreditarlo.
Todas las relaciones humanas que Charles pretendía dejar atrás, algunas amistosas o amorosas y otras obsesivas, van regresando a él, primero calmadamente y, a medida que avanza la obra, de manera torrencial. Algo así como una aproximación a un clímax teatral, pero en la vida real de este director retirado. Porque esta es otra gran baza de la novela: el director de teatro que se cansó de esa vida, pero que, fuera de sus ficciones en los escenarios, no puede evitar seguir dirigiendo a la gente real como si fuesen actores o, según qué situaciones, meras marionetas.
La megalomanía de Charles, la fama de la que goza, que él mismo edulcora y mitifica en su mente, lo sitúan en el centro de su universo, por lo que todos los que le rodean parecen no tener otra función que la de servir a su egocentrismo. Antes de su retirada, una antigua amistad ya le advirtió de que, allá en la solitaria costa, moriría de aburrimiento. Por supuesto, él lo negó rotundamente, mostrándose seguro ante su decisión. No quiere visitas y, las pocas que recibe eludiendo su control y voluntad, no consiguen más que exacerbarlo. Y aunque aquí no haya falsedad o engaño, es él mismo el que, al reencontrarse por pura casualidad con un amor de la infancia del que no sabe nada desde hace unos cuarenta años, volverá a encender las luces y dar comienzo a la obra.
La novela oscila entre sus grandes virtudes: la caótica, compleja, voluble y cambiante psicología de su personaje; la crónica de sus recuerdos, desdichas y locuras que implica ese diario a cuya lectura asistimos voraces; la riqueza y variedad de personajes secundarios que no dejan de entrar y salir de escena cuando menos se los espera, sorprendiéndonos y pudiendo arruinar o salvar el presente de Charles; los interesantes y profundos planteamientos psicológicos y filosóficos sobre la vida, el amor, la soledad, las relaciones humanas… Y, en última instancia, el goce de asistir a esta frenética, reflexiva, hilarante y por momentos irritante gran obra de teatro que es la novela en sí misma, en la que presenciamos en directo el declive de su director desde la mejor butaca imaginable.
En conclusión, Iris Murdoch nos regaló con El mar, el mar una obra asombrosa, por su estructura y su forma de diario novelado, por las reflexiones que nos ofrece, por su fascinante y tan bien construido personaje principal, poliédrico, voluble, grandioso y vulnerable, por la riqueza y matices de los secundarios y, en fin, por saber llevar con tal maestría una trama que va complicándose, recorriendo laberintos psicológicos desconcertantes y que, sin que podamos dejar de leer, nos conduce al final con la misma facilidad con la que nos atrapa desde el principio.