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Nomadland

Portada Nomadland | Entretramas

Nomadland es el tercer largometraje de Chloé Zhao tras Songs My Brothers Taught Me (2015) y The Rider (2017), que ya tuvo una proyección considerable. Después de este último regalo audiovisual, no podía esperar a ver qué había hecho la directora en esta ocasión, sabiendo que Frances McDormad encabezaría su reparto, y lo cierto es que el resultado ha superado mis expectativas, ya de por sí altas, y ha resultado en un nuevo regalo cinematográfico.

Zhao toma como referencia el libro de Jessica Bruder, en el que la periodista se hizo eco de todos los afectados por la Gran Recesión que, ahogados por las hipotecas, se lanzaron a la carretera. Al igual que en The Rider, Zhao abandona todo convencionalismo y reúne un reparto en el que solo McDormad, en este caso, es una actriz profesional y todos los que la rodean, desde los que mayor peso tienen en la trama hasta los que únicamente aparecen como secundarios para esbozar una rápida –aunque no por ello menos poderosa y profunda– historia, son ellos mismos, las personas a las que interpretan.

Como una historia más sacada del libro, a raíz de la crisis económica de 2008, el cierre de una producción minera en un pueblo de Nevada hace que todos los trabajadores deban marcharse de allí, habiendo perdido su modo de vida. Fern (Frances McDormad) resistió hasta el final, a pesar de haber perdido a su marido un tiempo atrás.

Dada su precaria situación, decide crear un pequeño habitáculo en su furgoneta y huir del mundo tal y como lo había concebido. Renegar de la vida consumista y capitalista, esa que le había arrebatado todo lo que poseía y lo que era, para lanzarse al viaje, uno sin fin en el que llegar a la línea del horizonte tan solo es la puerta para otro paraje idéntico, en busca de otro horizonte distinto, uno al que nunca se llega realmente.

A raíz de este cambio, sale de un mundo y desembarca en otro, el de los nómadas. Trabaja en unos almacenes de Amazon durante algunos meses al año, residiendo en un parking para caravanas donde estaciona su casa móvil; después, continúa viajando para buscar otros empleos temporales que le permitan subsistir con lo mínimo.

Es Linda, una amiga con quien comparte ese modo de vida, la que le habla de un grupo de nómadas que van moviéndose por el país y estableciéndose aquí y allá, creando una auténtica comunidad que se sustenta en la solidaridad, la compañía y la cercanía. Como ella, la inmensa mayoría de los nómadas son adultos, muchos rozando la vejez, que no han podido resistir a los efectos de la Gran Recesión y han tenido que salir a la carretera, viviendo en sus vehículos y llevando en ellos todas sus pertenencias. Huyen del consumismo y de la esclavitud del trabajo; después de toda una vida, la pensión que les queda apenas les llega para sobrevivir. Sin otra persona que les respalde económicamente, se vieron abocados a optar por este estilo de vida que prescinde de alquileres y de muchos de los gastos que son ordinarios para el resto de la población.  

En esas comunidades, Fern observa cómo se respaldan los unos a los otros, se sirven de apoyo para hacer frente al peso de lo que perdieron, ya fuera material o personal; cada caravana o furgoneta alberga a alguien que posee su propia historia, y la directora nos los enseña a todos ellos con cariño y un acierto descomunal, abriéndose para contarnos qué les llevó hasta ese páramo o desierto, hasta esas montañas o playas, quiénes fueron en el pasado y quiénes son ahora, en esa nueva vida que huye del estancamiento y fluye hacia el eterno movimiento.

Zhao filma un sinfín de momentos que rebosan belleza, ternura y también tristeza con la maestría de los más grandes. En más de una ocasión, cuando el sol del ocaso se filtra a través de los árboles, iluminando esos rostros cansados, repletos de arrugas y aun así brillantes, espléndidos, cuando los colores de un tímido amanecer comienzan apenas a teñir una esplanada que se extiende hasta las montañas en el horizonte, en muchos más momentos como este, realmente llegamos a dudar de que no sea Terrence Malick el que está escondido en algún lugar del set de rodaje, empapando la película de toda la sabiduría cinematográfica que los años le han otorgado. Es evidente que la directora, además de la tarea narrativa y de adaptación del libro que ha realizado, construye una cinemática monumental por la belleza de su simplicidad, en la que logra dar un realismo y, al mismo tiempo, unas dimensiones dramáticas fuera de la norma, a todas las historias que, entretejiéndose unas con otras, van conformando esta preciosa Nomadland.

A través de los ojos de Fern, siempre luchadora, siempre optimista, a pesar de su propia historia, que tampoco es fácil, como la de todos, observamos cómo va fundiéndose con este estilo de vida, y llegamos a pensar que, siéndole tan natural, tan orgánica, quizás siempre estuvo predestinada a terminar de este modo, anclada solo a la carretera, a los paisajes que no tienen fin, al sonido de la naturaleza, solo a su ritmo, a su pulso, convirtiéndose en un ente más del entramado. Sentarse a comer con alguien en unas sillas plegables al borde de un acantilado, mirando la puesta de sol y sin otro sonido que el del viento. Seguir siempre, cuando sea, descubriendo el mundo y sus espectáculos; y a las personas, siempre a las personas. Fern asume que una vida así es posible y, pase lo que pase, tal vez ella ya no pueda –ni quiera– optar por otra diferente.

Todo esto no implica que ni ella ni nadie olviden lo que quedó atrás ni tampoco a quienes les conformaron en el pasado. Simplemente, han aprendido a vivir de otro modo, a seguir siendo ellos mismos y a viajar siempre hacia adelante, sin olvidar, bajo ningún concepto, todo lo que amaron y que siguen recordando con nostalgia.

La gran baza de la película, además de su belleza más superficial, son estas historias y la manera en que son narradas. Algunas casi como una entrevista muy personal y cercana a sus protagonistas, breves y concisas, que consiguen calar en el espectador con la facilidad con la que el agua de un río fluye entre las rocas. Fern absorbe todas estas vidas, y nosotros con ella, al tiempo que va desvelando totalmente, aunque a muchas personas distintas, todas las partes de su vida que la acompañan desde que se levanta hasta que se acuesta.

Zhao tiene una facilidad narrativa para pincelar estas historias y unirlas de forma tan orgánica, que recuerda a escritoras como Olga Tokarczuk o directores como Paolo Sorrentino, donde al final no sabemos si son todos esos personajes los que orbitan al protagonista, o es más bien al contrario.

Chloé Zhao entrega una película íntima y universal, monumental y hermosa por su sencillez, su precisión y su hondura. Un largometraje que deja una huella ineludible y que encoje el corazón, que queda marcado hasta mucho después del visionado, tal vez para siempre. Nomadland es una oda a la humanidad y al mundo que nos rodea, una película muy necesaria en los tiempos que corren, porque, pase lo que pase, una película como esta siempre será necesaria.

Sobre el autor

Chloé Zhao

Chloé Zhao (Pekín, 31 de marzo de 1982) es una directora de cine china-estadounidense que se dio a conocer por dirigir la película Nomadland.

Hizo su película debut con Songs My Brothers Taught Me. La película se estrenó en el Festival de Cine de Sundance de 2015 como parte de la competición oficial de Estados Unidos.​

En 2017, fue premiada en el Festival Internacional de Cine de Cannes por su película The Rider. En 2020, Zhao ganó el León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia y el Premio del Público en el Festival Internacional de Cine de Toronto por su película Nomadland.

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