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Narrativa extranjera

Solaris

abril 2, 2021 by admin

StanisławLem, autor de culto, publicó Solaris en 1961. La premisa es fascinante a la par que sencilla, aunque la intriga que nos genere este telón de fondo sobre el que se erige la historia, pronto perderá protagonismo para cedérselo a las dudas filosóficas y psicológicas que plantea el texto y que son su gran baza.

Antes de ahondar en la obra, destacar que esta edición en particular, de Impedimenta, además de contar con una calidad material considerable y con la conocida belleza de sus ediciones, nos trae el texto traducido por primera vez directamente del polaco, de la mano de Joanna Orzechowska.

El planeta Solaris fue descubierto hace más de un siglo y se estudia desde la estación ubicada en el propio planeta, flotando a unos metros sobre su superficie. El psicólogo Kelvin llega allí, esperando encontrarse con tres científicos, para continuar con unas investigaciones que parecen no conducir a ninguna parte y que llevan décadas contradiciéndose. Cada nueva teoría, basada casi exclusivamente en hipótesis, trata de desmentir las anteriores solo para ver cómo en unos pocos años el proceso vuelve a repetirse y esta nueva es desmentida en aras de otra nueva formulación, con unas tesis como fundamentos tan inestables como la propia superficie oceánica de Solaris. Así es, el planeta está totalmente cubierto por una sustancia similar al agua que conforma algo que nos recuerda a un océano y, según se sabe, está vivo. Es decir, todo él es un ser. También se presupone que es inteligente, y aquí comienzan la infinidad de quebraderos de cabeza.

El lector pronto empezará a sospechar que, muy probablemente, durante la novela no se esclarecerá del todo qué es y cómo es Solaris más allá de su aspecto puramente físico. También dudará de si la tan ansiada comunicación con el mismo llegará o no a buen puerto, o de si se realizará siquiera. Bueno, ¿y qué? Eso es el envoltorio, el marco. Algo que me recordó a la serie The Leftovers (2014). En aquella hay interés por descubrir por qué desapareció toda esa gente y averiguar dónde está, si es que realmente está en algún lugar, si es que siguen con vida. Pero viendo cómo se desarrolla y cómo evolucionan sus personajes, estas primeras incógnitas pierden fuerzas y el interés recae en cómo los que se quedaron se enfrentan a la pérdida, a las dudas y al vacío. La serie no trata de la desaparición, al igual que Solaris no trata sobre el planeta Solaris. Aquí lo que imperan son los personajes, sus sentimientos y emociones, el terror ante lo desconocido, la pérdida o, abocándonos de lleno a ese mar aceitoso de olas titánicas, a lo que podamos ver reflejado en él.

Lem emplea un narrador en primera persona para que sintamos todo a través de su protagonista, para que experimentemos sus mismas emociones e incertidumbres. Desde el principio, en esa inmersión a la estación, existen la descolocación, la soledad y cierta claustrofobia. Kelvin sabe qué va a encontrar y a quiénes, o cree saberlo, pero pronto le invadirá el desconcierto, sentimiento que irá mutando y derivando en otros peores y más intensos a medida que dé sus primeros pasos por la estación.

El léxico empleado es rico y complejo, justificado, porque no abruma ni complica la lectura, y deriva en una prosa muy notable. Totalmente precisa y efectiva y siempre, como la buena fotografía de una película, al servicio de la narrativa que moldea y en la que ahonda.

La habilidad descriptiva de Lem es evidente, pues al situarse la acción en el interior de la estación, Kelvin solo puede hablarnos de lo que ve y siente allí dentro y de lo que se atisba a través de las ventanas, es decir, la propia superficie de Solaris. No hay nada más. Y resulta impresionante. Estas descripciones son ricas, directas y muy elaboradas.

Los espacios llaman mucho la atención. Los interiores de la estación, metálicos, mecánicos, cerrados y pequeños, claustrofóbicos, casi únicamente funcionales. Lo que se ve desde la ventana, la inmensidad, la nada, la calma terrorífica y, durante las cortas noches –Solaris tiene dos soles–, una negrura inabarcable y hostil, tanto como lo puede ser la naturaleza, en la que solo cabe imaginar aquello que mora en nuestra cabeza. La primera vez que describe las olas del planeta me invadió ya una incómoda sensación; su lento movimiento y su gigantesco tamaño, aludiendo a que se asemeja a un océano solidificándose, y todo ello bañado en una luz antinatural, en tanto que es una que no existe en nuestro mundo.

Algo que también me atrapó fue la propia luz. Un sol es naranja, similar al nuestro. El otro, celeste. Se suceden en intervalos extraños, el más breve de unas pocas horas. Durante esta efímera noche, oscuridad total y nada más. Plana o profunda, como se quiera imaginar, pero nada más. Ventanas que no conducen a ninguna parte.

Las luces del interior de la estación se encienden de súbito y automáticamente cuando uno penetra en una estancia. Luces blancas puramente artificiales. Esto puede llegar a confundir y a producir una nada orgánica sensación de tedio. En la aurora celeste, las persianas, también automáticas, se levantan y todo queda pintado de gris, de un incómodo color ceniza. En el naranja, aun siéndonos más humano, también se perciben efectos y paletas extrañas. Todo ello me dio la sensación de que la negrura era mala, pero también cualquier atisbo de luz, natural y exterior o artificial e interior, era, aunque no desprovista de hermosura, perturbadora y también antinatural. No había positividad ni en la luz ni en la oscuridad, y nada queda fuera de esa dicotomía.

Tan extraño es este mundo y lo que sucede a bordo de la estación, que el primer encuentro entre kelvin y Snaut, uno de los científicos, resulta también perturbador. Snaut parece no reconocer apenas a otro ser humano –uno nuevo, al menos–, o no poder ya reconocer si realmente lo es, sea lo que sea lo que signifique esto. Cuando ve a Kelvin siente miedo y, aunque este se diluye paulatinamente cuando arranca su curiosa y entrecortada conversación, la aversión que siente al mirarlo no disminuye. Desde ese momento la locura comienza a golpearnos, a Kelvin y a nosotros, y apenas deja de hacerlo en toda la novela.

Pronto Kelvin, a través de averiguaciones propias, a través del suicidio de uno de los tripulantes, del que ni Snaut ni Sartorius –el tercer científico– parecen querer hablar, descubrirá qué es lo que ocurre en la estación. Al parecer no están solos, porque hay visitantes entre ellos. Kelvin se cruza con uno de esos extraños seres y queda desconcertado –también cabría aterrorizado, cómo no–, pero siguen sin lloverle las respuestas por parte de sus compañeros.

Estos visitantes no son otra cosa que seres creados por el ser inteligente que es Solaris. Hasta qué punto lo es, no lo sabemos; tampoco el motivo por el cual los alumbra. Y los seres están sacados directamente de los habitantes de la estación. Materializaciones de recuerdos muy concretos y enterrados profundamente en sus mentes. La visitante de Kelvin, por ejemplo, es una novia que tuvo años atrás y que se quitó la vida. Se le aparece con la edad que tenía entonces, diecinueve años, y no parece saber gran cosa de lo que pasó. Conoce a Kelvin, sabe que están juntos, pero no que se suicidó ni que, según él siente, la culpa fue suya.

Y ahí tiene, materializada ante sus narices, a su antiguo amor, al ser amado y perdido, a la culpabilidad sin resolver más horrenda. ¿Es un ser extraño, vivo, real? Sí. ¿Es una persona, un ser humano? Aunque a priori uno diría que no, es de carne y hueso, racional, posee recuerdos, siente, expresa emociones y sentimientos, padece dolor, angustia, experimenta miedo, sufrimiento, rabia, desconcierto y desconsuelo…

La novela, respecto a esta cuestión, posee varias escenas de una intensidad tal que catalogarlas de terribles sería quedarse corto. Porque estos visitantes llegan y nunca se van, y en el caso de hacerlo, vuelven. En un primer momento, ante el desconcierto y lo horrendo de encontrarse cara a cara con esa versión de Harley –su visitante–, se libra de ella engañándola para montarla en un cohete y sacarla del planeta. Lo consigue, pero, ¿a qué coste psicológico y moral? Según Snaut, ella volverá, aunque la primera todavía se halle en órbita. ¿Se deshará entonces de la segunda Harley? ¿Cuál es la verdadera? Cuestiones difíciles de enfrentar. ¿Cometió un asesinato al montarla en un cohete del que no volverá y donde acabará muriendo asfixiada o de hambre? Porque parece humana, no es algo mecánico desprovisto de conciencia. Lo más lógico sería pensar que sí.

En otra escena, Harley intenta suicidarse ingiriendo oxígeno líquido. No lo consigue por el simple hecho de que, dada su constitución, sus heridas sanan muy rápidamente, pero el sufrimiento físico y su posterior daño psicológico no son distintos al de ninguno de nosotros. Y Kelvin debe presenciar esto y preguntarse qué estará sintiendo como para llegar a hacer tal atrocidad. Estos dilemas son los que hacen de Solaris una obra que la hace ir más allá de la ciencia ficción.

El protagonista debe enfrentarse a Harley, a sí mismo. Kelvin, como los demás, debe intentar averiguar más de Solaris, cometiendo el mismo error que los demás: tratar de hacerlo desde un punto de vista humano, cuando todo allí no lo es; se trata, literalmente, de un entorno inhumano, por lo que intentar entenderlo desde nuestro prisma es quizás una tarea fútil que solo conduce a la nada y a la locura.

Puede que Solaris sea un Dios primigenio en un primer estado evolutivo; puede que sea la respuesta a todas nuestras preguntas, a los inicios de la vida en el universo; puede que sea todo eso o que no sea absolutamente nada, quizás un ser vivo primitivo sin consciencia que obra arbitrariamente, si es que realmente lo hace, tal vez una entidad no más inteligente y capaz que un bebé… Los quizás son inabarcables, pero, de nuevo, puede que la importancia radique en replantearse las propias preguntas; las que conciernen a uno mismo, a la humanidad, y no a algo que quizás nunca lleguemos siquiera a poder concebir.

En definitiva, la obra de Stanisław Lem posee unos entramados y plantea unas cuestiones como para estar hablando de ella durante semanas o meses tras finalizar la lectura, rápida y amena a pesar de su complejidad técnica y narrativa, que dejará en nosotros una huella difícil de borrar.

Todos tienen razón

marzo 30, 2021 by admin

Abordé la lectura de esta novela con gran expectación, y debo decir que el napolitano no me decepcionó en absoluto. Con su manera habitual de contar historias, Paolo Sorrentino entrega una novela rebosante de su estilo, cruda y bella a partes iguales, con unos personajes y unos pasajes más que memorables. Una obra que nada tiene que envidiar a sus mejores películas.

Allá por el 2010, Sorrentino venía de estrenar Un lugar donde quedarse, pero aún no había creado las que serían, hasta la fecha, sus obras mejor valoradas y que le valieron la fama de la que goza en la actualidad: La Gran Belleza (2013), La Juventud (2015) y la primera temporada de The Young Pope (2016).

Esta Todos tienen razón fue su debut literario, en el que, como comentaremos a continuación, el napolitano confirmó que posee una gran habilidad para contar historias, enmarcada en un particularísimo estilo. 

No es que este texto vaya a ser una comparativa de esta con otras obras suyas, pero será inevitable hacer unas cuantas referencias y poner algunos puntos en común para esclarecer algunos aspectos de la novela, para ver cómo ha evolucionado el autor o, simplemente, para comparar estilos y remarcar algunas de las características que más sobresalen su narrativa.

En este caso, el protagonista de Sorrentino es Tony Pagoda, un cantante melódico venido a menos que carga a sus espaldas con el peso ineludible de toda una vida de éxitos y desenfreno; una vida de dinero, de fama y de mujeres marcada por la extravagancia y, en cierta manera y también de forma ineludible, por el fracaso. Esta es otra de esas historias de auge y caída, solo que el comienzo se sitúa ya en la cúspide y, de ahí en adelante, asistimos al desmoronamiento y todas sus consecuencias. Pero también, algo que no debemos ni podemos olvidar, es que sea en el formato que sea, novela en este caso, tenemos entre manos una historia contada por Sorrentino, y es imposible no percatarse de ello.

Ya desde el primerísimo inicio, lo que llama la atención antes incluso del prólogo, es la cita con la que arranca la novela. «Una vez que has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, incluso en pleno caos». Debo decir que me pareció curioso por dos razones. La primera, porque es de Henry Miller y soy un acérrimo admirador de su obra. La segunda, porque conozco su estilo y, ya en la primera página del prólogo, Sorrentino derrocha influencia; la mejor influencia.

El estilo de Miller es palpable, pero el napolitano lleva esta influencia a su terreno. Ya dentro del cosmos de la novela, este prefacio está escrito por el maestro Mimmo Repetto, personaje que es para Pagoda un maestro artístico y vital, un descubridor, un referente. Cabe decir que esta introducción es ya magistral. Una larga, larguísima enumeración que puede abarcar todo lo que la vida contiene. Y esta especie de lista prosaica y a la vez poética no es otra cosa que todas aquellas cosas que el maestro aborrece, que no soporta. Comienza con «Todo lo que no soporto tiene un nombre», y acaba, con la contundencia propia del autor y de esos finales de frase o de párrafo que nos hunden de un martillazo, con las siguientes oraciones: «No soporto nada ni a nadie. Ni siquiera a mí mismo. Sobre todo a mí mismo. Solo soporto una cosa. El matiz» Sí, se veía venir que, cuando un tipo no soporta absolutamente nada, porque no cesa en la exposición de opuestos –los viejos / los jóvenes– y también en la de elementos pequeños y aislados –los apodos, a los indecisos, a los no fumadores–, por poner algunos ejemplos, lo que más odiará es aquello de lo que no puede escapar: a sí mismo. Si habla tanto de opuestos, lo único que tolerará será lo que él mismo nos denomina como el matiz. Se veía venir, pero es lo que queríamos, y Sorrentino nos lo ofrece en bandeja de plata. En lo personal, me parece uno de los arranques más brillantes, sea a modo de prólogo o no, que he leído en mucho tiempo.

Tras esta exposición, Tony comienza a narrarnos sus idas y venidas. Todos tienen razón, al igual que La Gran Belleza, es una historia de personaje. Tony y su vida, presente, pasada y futura, serán la gran baza del texto. Y como no podía –o no debía– ser de otra manera, emplea un narrador en primera persona, como aquella mítica Trópico de Cáncer, de Miller. Somos testigos de sus pensamientos, sus contradicciones, su forma de ver y entender el mundo y todo cuanto le rodea, de la relación que mantiene con esas amistades que lo son desde una juventud perdida hace mucho, y con él viajaremos esporádica y recurrentemente a su pasado, más o menos lejano. Es él quien decide qué nos cuenta y cómo, y todo ello lo vemos desde dentro. Me parece que esta historia, con otro tipo de narrador, habría perdido su razón de ser.

En cuanto a la estructura, la novela está dividida en capítulos más bien largos, todos ellos precedidos por citas de distintos autores, que a su vez contienen partes más pequeñas separadas por varios espaciados. Tras los primeros e introductorios capítulos en los que vemos conciertos, conocemos amistades y asistimos a una compra de droga que termina en tiroteo y persecución –cosa que me chocó, viendo las últimas obras de Sorrentino, ese aire a thriller con tintes cómicos y surrealistas, eso sí, tan propios del autor–, la novela comienza a entrar en materia.

Me parece adecuado detenerme en la que me pareció una de las partes más interesantes y que más dicen del escritor, de su estilo y forma de narrar historias en el medio que sea: aquella en la que Tony nos habla de Beatrice.

Beatrice, una chica que apareció en Capri salida de quién sabe dónde y por la cual todos, sus amigos y él incluido, perdieron inmediatamente la cabeza. Y esta pérdida de salud mental nos la narra Sorrentino con su surrealismo habitual, con esa pizca de inverosimilitud que emplea en escenas de corte realista para explicar metafóricamente algún deseo, hábito, anhelo o carencia humana; para acceder a las partes generales más hondas de nosotros mismos que hacen que conectemos con sus palabras, con su visión.

Este capítulo en concreto arranca con una cita de Luigi Tenco: «Me enamoré de ti / porque no tenía nada que hacer.». Y al parecer no lo tenían, mientras gozaban y holgazaneaban en la isla. Beatrice se nos introduce porque Tony nos cuenta que, cuando canta –desde hace tiempo y en el presente de la historia–, todas las palabras que grita en el escenario significan una sola: su nombre. Asegura que la mitad de sus canciones versan sobre ella. Y su triunfo radica en que, cuando está allá arriba, llora por el miedo a no poder amar como de verdad amó una vez, y el público capta la intensidad de esa emoción tan profunda y arcaica. Todos olvidan, pero Tony no, él no puede, y es por ello que Beatrice será un tema recurrente a lo largo de la novela.

Tal como lo describe, es fácil imaginarse la escena en la que la ven por primera vez, sentados a las mesitas de un bar, un escenario tan pueblerino, tan mediterráneo. Ella permitía sus miradas, pero las eludía y ellos la seguían, obsesionándose, elevándola a la categoría de misteriosa diosa; una Malena que los tenía atrapados, aunque no la hubiesen visto más de tres veces. Y por ello arranca la búsqueda surrealista a la que me refería. Uno de los amigos de Tony, Peppino, se dedicó en cuerpo y alma a la organización de todo tipo de fiestas, reuniones y eventos con tal de que apareciera –recordando inevitablemente al Gran Gatsby–, pero, asegura Tony, «ella no se presentaba a ningún evento mundano, nunca, relegando su ausencia a un Olimpo para nosotros inaccesible» (Pág.54). La mundanidad hace aquí acto de presencia, y lo hará esporádicamente y cada vez con más fuerza, cobrando en la siguiente obra, La Gran Belleza, un papel vital. Y volviendo a Peppino y para confirmar su necesidad de ella, «Peppino amenazaba con suicidarse desde los Faraglioni si no podía no digo ya tenerla, sino por lo menos conocerla; quería saber su nombre, por lo menos eso» (Pág. 54). Más hipérboles al estilo Sorrentino.

Peppino recorrió todas las charcuterías de Capri porque, según dice, «esta cristiana bien tendrá que comer» (Pág.54), pero ni siquiera la habían visto entrar en una tienda, por lo que otro, Patrizio, sentencia: «Esa mujer no necesita comer: se nutre de nuestro tormento» (Pág.55), y Tony sigue narrando «Así eran todas las frases sobre esa mujer: de repente, todos éramos poetas» (Pág.55). Tal es el grado de beatificación –curioso que, llegados a este punto, la mujer tenga el nombre que tenga–, que nadie es capaz de expresar deseo alguno de carácter sexual, nada fuera de esa espiritualidad que la envuelve y con ella a ellos. Otro de sus amigos, en la búsqueda, llega a visitar –colándose–, todos los yates de ricachones, por aquello de que, si no frecuenta actos mundanos, a alguno tendrá que asistir. Al ser descubierto, los dueños, reconociéndole, le obligan a cantar durante horas, y él lo hace sudando y mirando por doquier tratando de localizarla sin éxito.

Sin novedad para con sus historias, este entramado se resuelve de la forma más banal y humana posible, por una casualidad. Es en Anacapri donde finalmente la encuentra, donde su amigo Peppino no la había buscado, porque creyendo que mujeres como ella solo frecuentan ambientes de gente bien, nunca se le habría ocurrido que pudiera deambular por allí; porque, según asegura Tony, en Anacapri la vida mundanal no existía. Al parecer, solo en una esfera donde no pudiera darse la mundanidad, podría aparecer el perseguido objeto de deseo. Y como decíamos, tras las titánicas, absurdas y felizmente irreales búsquedas, Tony la halla a raíz de una casualidad. Simplemente la encuentra sentada en la terracita de un bar, tomando un aperitivo y leyendo el periódico. No se atreve a decirle nada, pero cuando la ve marchar y entrar en el portal de enfrente, se dedica a esperarla obsesivamente en aquel bar hasta que ella se acerca a él y le dice que sería interesante que se sentaran a la misma mesa. Ahí arranca todo el torrente de sucesos e impresiones con la Beatrice real, fuera de las figuraciones que pudieran hacerse sobre ella. Será la relación amorosa que lo marcará de por vida.

En este punto, una vez más, Sorrentino nos evoca lo general para lograr anclarse en nosotros. En Beatrice, Tony notaba el perfume de las vacaciones. El autor nos pregunta directamente a través de su personaje: «¿Os acordáis del olor de los lugares junto al mar, de los lugares de veraneo? ¿Y el olor de la proximidad de la lluvia al final del verano? Claro que os acordáis. Todo el mundo se acuerda» (Pág.61). En efecto, todos sabemos perfectamente a qué se está refiriendo. Por si no habíamos captado el mensaje anteriormente, ahora lo vemos con absoluta claridad. Sorrentino vuelve a rescatar lo más humano y común que hay en todos nosotros para concentrarlo y mezclarlo con la historia que está entretejiendo y con sus personajes, de ahí que la efectividad de su discurso sea total.

En cuanto al estilo de Sorrentino, vemos a través de estas descripciones, algunas de las cuales rebosan belleza y metáforas agudísimas, cómo su léxico oscila muchas veces entre la sensibilidad y lo soez, entre esa belleza física de las palabras y la fealdad, la vulgaridad o la chulería –como diría Tony– que evocan otras. Es en este aspecto donde más clara veo la influencia de Miller. No, no es lo mismo. Considero que, en el terreno del norteamericano, no tiene parangón; al menos no aquí. Pero no es eso lo que Sorrentino pretende. Él, como decía al principio de este comentario, lleva esa influencia a su terreno, a su más puro estilo de contar historias –hasta ahora cinematográfico–, y lo emplea para escribir esta novela y, sobre todo, porque seguramente este es el estilo, esta es la voz, con que mejor puede configurarse Tony y explicárnoslo él mismo. Por ello, no, Tony no es Jepp Gambardella y está lejos de serlo, aunque al mismo tiempo se le parece mucho. Tienen rasgos en común. Esa vida dejada atrás, por ejemplo, esa nostalgia, esa pérdida –de la ilusión, de las ganas, pérdida en general–, el aburrimiento, el vacío existencial, la superioridad, y ese padre que es Sorrentino que está detrás. Veo totalmente lógico que Jepp fuera el próximo personaje que el autor pariera tras este Tony Pagoda. Es una cuerda evolución en muchos aspectos, mayoritariamente en cuanto a la sensibilidad y al sentimiento.

Y para terminar con Beatrice, decir que no todo es un camino llano, aunque eso ya lo descubrirá el lector. Solo quisiera recalcar algunas frases contundentes con las que Tony nos deja, de momento, con el misterio en el aire. «Yo me comporté como me comporté y luego pasó lo que pasó, lo indecible». «Beatrice, ¿dónde estás?». Y para rematar el capítulo sobre ella: «Lo indecible es algo que yo no puedo decir» (Pág.64).

Otro de los puntos más interesantes de la novela en relación con el autor, además de su estilo narrativo, es la forma de narrar que tiene, o las escenas o personajes que elabora para que veamos aquello que desea contarnos. Este aspecto es tan distinguible aquí como en sus películas.

Por ejemplo, en esta obra, cuando uno de sus amigos le cuenta que el hijo que esperaban él y su mujer ha nacido muerto. Esto es contundente de por sí, pero más aún la violenta repentinidad con la que se lo dice, soltándoselo aparentemente sin más. Asegura que su mujer está «despellejada» (Pág.66) cuando Tony le pregunta cómo se encuentra. Este le pregunta «¿Quieres esnifar?», a lo que el amigo le responde «Quiero morirme». Y sigue «Tiene, ahora, los ojos áridos. Observa el vacío. Es obstinado consigo mismo. Estudia métodos. Articula estrategias. Para seguir viviendo. Y no para morir» (Pág.67)

Esas son la belleza y la contundencia que nombraba anteriormente. Me pareció una tremenda manera de metaforizar una oda al ansia de supervivencia humana, a la capacidad innata que tenemos para aferrarnos a la vida incluso en situaciones de extremo dolor y perdición como ese. Hasta cuando asegura que desea morir, está realizando un viaje introspectivo, abandonando esa vida que podría querer quitarse, solo para averiguar la manera de seguir en ella. De continuar en el mundo con su mujer. De no rendirse. De volver a hacer la existencia soportable.

A lo largo de la novela, el cantante retirado, hastiado, buceará en este viaje de retirada de su propia vida, quizás en busca de una nueva, e irá cruzándose con pintorescos personajes, atravesando situaciones junto a ellos o, de hacerlo en solitario, arrojándonos desde su punto de vista las conclusiones que resultan de sus vivencias y observaciones. Uno de los más importantes es Alberto Rotta, que le enseñará otras formas de vivir, más contundentes, violentas y desprovistas de reparo, que posiblemente le recordarán a sí mismo años atrás. Una personalidad enorme, quizás como lo fue él mismo, antes de cansarse.

El cansancio, asociado a la libertad, se nombra en multitud de ocasiones, al igual que la contraposición entre vejez y juventud, explicitando qué conllevan cada una de estas etapas irrecuperables e ineludibles cuando comienzan a presentarse.

Estos temas, junto a la autenticidad e intensidad de vivir, el amor perdido y perpetuo, el alumbramiento de la sexualidad, que Sorrentino liga con otros, como el descubrimiento por la belleza, la mundanidad o el éxtasis, siguen apareciendo reiteradamente en la narración, mientras Tony sigue contándonos sobre su pasado y su presente, haciendo saltos continuos, al tiempo que se van sucediendo las apariciones y desapariciones de nuevos personajes, como he mencionado anteriormente. De querer enumerar y profundizar en cada uno de ellos y en cada caso o capítulo en concreto, este texto se extendería hasta difuminarse, por lo que directamente pasaré a hablar del final de la novela, de su último gran capítulo.

Aviso de spoiler: apuntes sobre el final

Tony cae en las suaves y amables garras del multimillonario Fabio, que va a buscarlo y le paga el vuelo de vuelta a Italia. Quiere contratarlo para que cante para él, un único concierto del que recibirá una absurda suma de dinero. Después, quiere contratarlo de por vida, con más pagas ridículamente desorbitadas, para que esté junto a él, para que sea su amigo. Al igual que hace con otras personas que circundan su vida. Fabio el multimillonario es el triste y vacío emperador Fabio en la Roma actual. Y Tony no puede más que aceptar.

Así regresa a Italia, a su antigua vida, que desconocía que pudiera alumbrar una nueva, una que ni siquiera se había planteado que podía llegar a existir.

Y lo que atrapa mi atención en esta última parte de la narración es el tono con que Tony describe el escenario que lo rodea, esa Roma vista desde fiestas o reuniones en áticos de lujo o locales excéntricos, ambientes repletos de personalidades interesantes, cruel y astutamente superficiales, farsantes o, simplemente, seres destrozados y desesperados. ¿A quién no le suena esto? Hay pomposidad, decadencia, mundanidad y, de haber belleza, se encuentra marchita o en proceso de estarlo, un largo ocaso, como citaré a continuación. Esta última parte del libro, publicado en 2010, me parece la antesala lógica y perfecta para la historia que el autor nos regalaría tres años después, La Gran Belleza, y ya se observan unas similitudes ineludibles.

«Roma es un largo crepúsculo» (Pág.326), «De todas formas, cuando llegué a este crepúsculo ininterrumpido que es Roma ignoraba muchas cosas, y me había desacostumbrado a la vida mundana que Fabio tenía pensada para mí, su amigo» (Pág.327).

Y es aquí, casi en el ocaso de su vida, cuando Tony se percata realmente de la gran verdad; al menos, la suya. En una reunión en casa de un viejo y famoso novelista, escena que bien podría estar sacada directamente de la película, reinan una suerte de conversaciones cruzadas, banales, superficiales, y cualquier atisbo de humanidad, de crítica, de introspección, es tratado con burla o atribuido a la demencia. Es aquí cuando, habiendo observado todo eso, habiendo analizado a toda esa gente y sintiéndose tan distinto a ellos, Tony descubre que, durante toda su vida, ha desperdiciado la energía persiguiendo obcecadamente la edad juvenil, lo auténtico, lo rocambolesco; una colección de hitos y momentos extraordinarios para hacerle olvidar que, algún día, la vejez le llegaría inexorablemente. Y ese fue su error, tratar de huir de algo ineludible, perder el tiempo remando en la dirección contraria: «Solo ahora comprendo, Gegè, que llevo toda la vida esperando, con un deseo escandaloso y virginal, que siempre he deseado únicamente una cosa: hacerme viejo» (Pág.348).

Y reconoce que vejez y juventud tienen demasiados puntos en común para obviarlos, como los grandes dolores, con intensidad. Comparten el dolor y la melancolía. Recuerda cuando nadaba con sus amigos durante la infancia. Recuerda que, a cada chapuzón, dejaban el mundo atrás. Crecían y maduraban hacia lo desconocido. Y concluye: «Un chapuzón en la vejez y dejamos el mundo a nuestra espalda, como cuando éramos jóvenes» (Pág.348).

Y, en definitiva, esta es la gracia de la narrativa de Sorrentino. Conseguir pintar una historia rocambolesca, extravagante, pero tan humana y general aun concentrándola de manera particularísima en marcados personajes, que todos entendemos sus capas profundas, sus raíces. A pesar de toda la pintura, vemos perfectamente. Sí, porque ellos son, en el fondo, como todos nosotros.

El mar, el mar

marzo 30, 2021 by admin

Llegué a esta novela a través de la recomendación de un profesor universitario unos años atrás. Según su criterio, esta narrativa me sería de ayuda en el TFM. Con esta casualidad llegó Iris Murdoch a mis oídos y, ya tras abordar las primeras páginas de la lectura, no pude más que agradecerle a mi tutor el buen juicio que había tenido. Si mi trabajo hubiera ido por otros derroteros, todo esto podría haber cambiado, pero sé que tarde o temprano habría obtenido, o eso espero, la fascinación que la irresistible e ineludible lectura de la novela me produjeron.

Más casualidades han hecho que, hasta la fecha, esta sea la única obra de la irlandesa que haya leído, pero la relectura de la misma ha sido la que me ha empujado, de nuevo ineludiblemente, a escribir estas páginas.

Esta es, quizás, la obra más conocida de Iris Murdoch, al menos para estos tiempos, para sus lectores más nuevos. Publicada en 1978, El mar, el mar le valió el Premio Booker, aunque antes ya hubiera escrito casi una veintena de novelas.

Nuestro protagonista, Charles Arrowby, un famoso dramaturgo y una celebridad del mundo del espectáculo, decide abandonar Londres al jubilarse y retirarse a un lugar apartado de la costa británica, huyendo de la farándula.

Lo que pretendió con esta decisión fue dejar atrás todo su amplio círculo de amistades, conocidos y la frenética vida social que implicaban, para ir en busca de la tranquilidad, la reflexión, la introspección y la soledad que el mar podía aportarle.

Ya desde el inicio, la obra, escrita en primera persona, se nos plantea como una especie de memorias, de diario o de autobiografía novelada, aunque no queda definido con férrea claridad, puesto que ni el mismo autor está seguro de qué escribirá exactamente ni del cómo, por lo que no puede asegurar a qué se asemejará el resultado final. Aquí encontramos una de las gracias de la novela y, además, se nos explicita una de sus características principales: el de la configuración continuada, el ir dando forma paulatinamente y sin un rumbo fijo o determinado. Iris Murdoch escoge con acierto este narrador sospechoso que es Charles, que va contándonos su historia, y cuyas reflexiones referentes al cómo son constantes. Seremos testigos del modo en que su mente, sus recuerdos y la brutal subjetividad que empapa toda la obra van moldeando los hechos de la narración, desde el inicio hasta el final absoluto. Teniendo en cuenta la naturaleza de la novela, esta es una de sus grandes bazas.

Y cuando digo naturaleza me refiero a que estamos asistiendo a una crónica, resumen o exposición de los recuerdos, obsesiones, traumas y locuras de este hombre. Las vivencias de su pasado se entremezclan con el presente que él orquesta y que se modifica en su mente bajo sus filtros y prismas, para ser regurgitados y expuestos de nuevo en su diario, en el que son continuas las vueltas atrás, las revisiones y el añadido de comentarios para dotar de nuevos significados a lo ya escrito, e incluso para desecharlo o desacreditarlo.

Todas las relaciones humanas que Charles pretendía dejar atrás, algunas amistosas o amorosas y otras obsesivas, van regresando a él, primero calmadamente y, a medida que avanza la obra, de manera torrencial. Algo así como una aproximación a un clímax teatral, pero en la vida real de este director retirado. Porque esta es otra gran baza de la novela: el director de teatro que se cansó de esa vida, pero que, fuera de sus ficciones en los escenarios, no puede evitar seguir dirigiendo a la gente real como si fuesen actores o, según qué situaciones, meras marionetas.

La megalomanía de Charles, la fama de la que goza, que él mismo edulcora y mitifica en su mente, lo sitúan en el centro de su universo, por lo que todos los que le rodean parecen no tener otra función que la de servir a su egocentrismo. Antes de su retirada, una antigua amistad ya le advirtió de que, allá en la solitaria costa, moriría de aburrimiento. Por supuesto, él lo negó rotundamente, mostrándose seguro ante su decisión. No quiere visitas y, las pocas que recibe eludiendo su control y voluntad, no consiguen más que exacerbarlo. Y aunque aquí no haya falsedad o engaño, es él mismo el que, al reencontrarse por pura casualidad con un amor de la infancia del que no sabe nada desde hace unos cuarenta años, volverá a encender las luces y dar comienzo a la obra.

La novela oscila entre sus grandes virtudes: la caótica, compleja, voluble y cambiante psicología de su personaje; la crónica de sus recuerdos, desdichas y locuras que implica ese diario a cuya lectura asistimos voraces; la riqueza y variedad de personajes secundarios que no dejan de entrar y salir de escena cuando menos se los espera, sorprendiéndonos y pudiendo arruinar o salvar el presente de Charles; los interesantes y profundos planteamientos psicológicos y filosóficos sobre la vida, el amor, la soledad, las relaciones humanas… Y, en última instancia, el goce de asistir a esta frenética, reflexiva, hilarante y por momentos irritante gran obra de teatro que es la novela en sí misma, en la que presenciamos en directo el declive de su director desde la mejor butaca imaginable.

En conclusión, Iris Murdoch nos regaló con El mar, el mar una obra asombrosa, por su estructura y su forma de diario novelado, por las reflexiones que nos ofrece, por su fascinante y tan bien construido personaje principal, poliédrico, voluble, grandioso y vulnerable, por la riqueza y matices de los secundarios y, en fin, por saber llevar con tal maestría una trama que va complicándose, recorriendo laberintos psicológicos desconcertantes y que, sin que podamos dejar de leer, nos conduce al final con la misma facilidad con la que nos atrapa desde el principio.

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