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Ciencia Ficción

El Hoyo

abril 13, 2021 by admin

La sorprendente opera prima de Galder Gaztelu-Urrutia ofrece un espectáculo tan minimalista como asfixiante, que juega hábilmente con los pocos recursos que emplea para construir la narrativa y llevarla a término.

La cinta se estrenó en el Festival de Sitges, donde se alzó con los premios a Mejor película, Mejor dirección novel, Mejores efectos especiales y el Premio del Público. Además, entre otros festivales, se llevó el Goya a Mejores efectos especiales.

Estamos ante una película de ciencia ficción, un thriller en el que la tensión y el misterio, venidos de la manera en que se dosifica la información y se juega con el espacio y con las mecánicas del mismo, son los que marcan la obra, recordándonos de inmediato a otras propuestas similares, como Cube (1997) o High Rise (2015).

La trama parte de una sencilla premisa: un hombre –Goreng– despierta en El Hoyo, un lugar vertical que consiste en una superposición de niveles cerrados, comunicados únicamente por un agujero situado en el centro y por el que desciende una plataforma una vez al día. Goreng está en uno de los niveles junto a Trimagasi, un hombre de mediana edad que será el principal encargado de ir contándole paulatinamente cómo funciona El Hoyo. La plataforma desciende con comida, y lo único que deben hacer allí dentro, su única preocupación, es comer. Los que están en El Hoyo lo están por obligación o por voluntad propia; cada uno acude por un motivo distinto.

Hay que sobrevivir un mes y luego se realiza un cambio. Las mismas dos personas aparecen en otro nivel, a no ser que uno de los dos esté muerto, y será el azar quien dictamine en cuál lo harán. El problema más grave, claro está, es que la comida empieza a descender desde el nivel 1 y los que están allí, como todos los demás, tienen un tiempo limitado para comer todo lo que quieran, pero los alimentos no se reponen. Es decir, a cada nivel, menos comida. Llegado a un punto, lo único que queda son platos y vasos rotos y relamidos, y la situación, para quienes deban enfrentarse a tan terrible perspectiva, se prolongará durante treinta días. Es posible sobrevivir un mes sin comer, porque disponen de un lavabo compartido con agua, pero, si transcurrido ese tiempo, se les lleva a un nivel similar o peor, es evidente qué es lo único que puede hacerse para sobrevivir.

Desde los primeros minutos, en que comenzamos a comprender la mecánica de El Hoyo, queda claro que el guion, que corre a cargo de David Desola y Pedro Rivero, ofrecerá distintas lecturas, principalmente sociales y políticas, en las que es inevitable que el espectador tome partido. El filme expone de forma brutal y reducida a la explicitud más primitiva la eterna lucha de clases, el «arriba y abajo» que aquí se torna literal, con la diferencia de que en este infierno uno puede ascender o descender drásticamente en tan solo un mes, y, al siguiente, vuelta a empezar. Quizás para asegurarse la supervivencia, uno deba sobrealimentarse cuando esté arriba para aguantar la escasez de comida cuando se encuentre abajo, aunque también queda el evidente dilema de que la gran mayoría, por unos motivos u otros, parece no recordar cómo era vivir abajo cuando logra acceder a una posición privilegiada.

Este es uno de los puntos donde más cruenta y cruel se muestra la película. La miseria de los abajo, enfrentados a las burlas y vejaciones de los de arriba. También a su ira, a sus venganzas y a la escandalosa liberación de sus instintos más animales. Pasados unos meses, la bondad o buena fe que pueda quedar en unos pocos, se ven arrinconadas y finalmente aniquiladas ante el afán de supervivencia más instintivo.

Gaztelu-Urrutia nos enseña estos dramáticos vaivenes y sus consecuencias a través de la fotografía de Jon D. Domínguez. En lo audiovisual la película es imponente, consigue hacer grande, cercana y desagradable la pequeñez de la obra. Un claro ejemplo de escasos recursos bien explotados. Aunque no sea tan extremadamente minimalista como Buried (2010), el filme realiza una hazaña admirable al encajonar una cámara en tan reducido espacio durante hora y media, en unos niveles que, personajes aparte, son todos iguales. Se suceden con calculado acierto los planos generales del nivel, en los que veremos los descensos de la plataforma y algún que otro momento con Goreng y su acompañante, los planos medios para resaltar acciones y los cortos, ya sean primeros planos o de detalle, para hacer relucir los estados de ánimo de los personajes o hacer hincapié en, por ejemplo, cómo engullen con voracidad y sin ningún reparo la comida desperdigada, mordisqueada, pisoteada y un largo y desagradable etc.

Desagradable, esa es la palabra. Además de la tensión propia del intenso thriller que es el filme en realidad, el director no escatima en sangre, vísceras y cualquier recurso de que pueda servirse para asquearnos, angustiarnos y para que empaticemos con Goreng y los demás, para que seamos conscientes de, ya avanzada la cinta, cómo los reparos de cada uno empequeñecen hasta volverse inexistentes. El Hoyo consigue llevar al límite a todo el que encierra.

Todo en este filme se asienta en la precariedad, pero está explotado con gran acierto. Cada uno de los escasos personajes cumple una función muy precisa, proporcionando paulatinamente la información al protagonista y con él a nosotros, los espectadores.

Cualquier actitud que vaya más allá de la supervivencia propia, del egoísmo que podrá propiciarla con mayor solvencia, es visto como una estupidez, un acto que no tiene cabida ni valor en El Hoyo y que sin duda asegurará la muerte de quien la muestre. A medida que avanza la trama, surgen preguntas clave que hacen surgir estas actitudes altruistas, compasivas o revolucionarias, en cuanto a que pretenden averiguar qué es posible y qué no en ese lugar. ¿Cuántos niveles hay en total? ¿Es posible siquiera averiguarlo? ¿Si desde el nivel 1 los primeros comensales, o prisioneros, comieran solo lo justo para sobrevivir cada día, podrían aguantar todos los integrantes de El Hoyo? ¿Se rompería así el sistema? El problema es que, para averiguarlo, tal vez haya que correr enormes riesgos y realizar grandes sacrificios, sin la garantía de que sirvan para algo. Así mismo, deberían quedar atrás los miedos, las ansias y ese egoísmo que empuja a disfrutar sin límite alguno de las ventajas, aunque por ello los de abajo estén siendo condenados a muerte. ¿Qué prima en nosotros, dentro y fuera de ese agujero? ¿La bondad y la empatía, o la maldad y el individualismo más codicioso? Puede que no todos pretendan únicamente cumplir con sus meses de encierro con la única voluntad de salir con vida. 

El Hoyo es una cinta que no pierde tirón en ningún momento. Tal vez el tramo final, que se nos expone como un descenso a la locura, pueda hacer dudar a algunos, pero es cuestión de gustos. Durante la mayor parte de metraje se muestra sólida y altamente efectiva, y maneja las escasas y muy bien escogidas bazas que la sostienen con asombrosa holgura. Sin duda alguna, habrá que seguir de cerca a Galder Gaztelu-Urrutia para ver qué nos ofrece en el futuro.

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