La trinchera infinita fue una de las grandes cintas presentadas a los Goya de 2019. Una historia acerca del encierro, del desmoronamiento, mostrado a través de la intimidad, y de la perseverancia y la resistencia humanas puestas a prueba a través del lento transcurrir del tiempo.
El film cuenta con una dirección a tres bandas. Jon Garaño y Aitor Arregi, responsables de la también aclamada Handia (2017) y José Mari Goenaga, que dirigió Loreak (2014) junto a Garaño. Como dato, las tres cuentan con la música de Pascal Gaigne y la fotografía de Javier Agirre Erauso. La trinchera infinita hizo un buen recorrido en los festivales y se alzó con el Goya a Mejor actriz principal (Belén Cuesta) y con el de Mejor sonido, de un total de 15 nominaciones.
La película está dividida en capítulos encabezados por una palabra y su definición en el diccionario. El arranque ya es potente: veremos una de las pocas secuencias de acción con las que cuenta el film, aunque aquí se instalarán ya una tensión y un desasosiego que no nos abandonarán hasta los últimos minutos.
Con pulso firme, los directores filman la huida de Higinio cuando, en plena noche, los soldados llaman a su puerta para llevárselo, como ocurre con todos aquellos vecinos que también habían manifestado una postura política y unas ideas contrarias a las del frente nacionalista. Tras la persecución, los tiros, una captura y otra fuga posterior, Higinio logra despistar a los soldados, haciéndoles creer que ha huido del pueblo y se ha marchado a otro lugar. Es entonces cuando regresa a casa y decide esconderse en un agujero en la cocina preparado para tal fin. Tras esta introducción, la película entra de lleno en la verdadera trama.

Tanto él como Rosa, recién casados cuando estalla la Guerra Civil, viven al servicio del miedo. Cualquier día, en cualquier momento, los soldados pueden volver, registrar la casa y encontrarle. Uno de los vecinos del matrimonio, Gonzalo, con el que Higinio tuvo fuertes diferencias y que es fiel seguidor de la causa de Franco, acechará en todo momento, obsesionado con la idea de que, efectivamente, Higinio permanece escondido en su casa y nunca se fue.
La vida del protagonista consistirá ahora en enfrentarse a las dificultades que el encierro representa. La falta de libertad, el hecho de no poder estar junto a su esposa, salvo en contados momentos y siempre exponiéndose al peligro de ser descubierto, las complicaciones para mantenerse limpio, bien alimentado y, a fin de cuentas, cuerdo. Lo que pensaban que sería una etapa más bien pasajera, aunque pudiera prolongarse durante meses o, en el peor de los casos, unos pocos años, termina dilatándose en el tiempo y convirtiéndose en su verdadera vida.
Los problemas de Higinio son evidentes, pero no menos desdeñables son los de Rosa, quien tendrá que llorar la pérdida de su marido –que no es total, pero sí parcial, porque ese encierro deriva en una ausencia de él manifestada de múltiples formas–, y continuar con la aparente vida que había llevado hasta entonces en el pueblo. Es ella quien se encarga de procurarle cuidados –alimenticios, médicos, higiénicos y psicológicos–, de cuidar de la casa, de salir a hacer la compra y relacionarse con los demás, de trabajar –es costurera– y mantener la economía del hogar, etc. Higinio está encerrado y deberá enfrentarse al desmoronamiento, pero Rosa es el pilar que los mantiene, la que le procura, al fin y al cabo, la supervivencia. Y se ve totalmente desprotegida en una sociedad en la que una mujer sola era una persona débil, desamparada y cuya defensa recaía completamente en la figura del marido.

Son múltiples las escenas a las que, como Higinio desde su escondite, asistimos, impotentes, a tan terrible espectáculo. El constante acecho de Gonzalo, quien, en un momento dado en que sus paranoias se ven acrecentadas, entra en la casa de Rosa como si le perteneciera y la obliga a quitar todas las cortinas. También las visitas regulares de un guardia civil en busca de los servicios de Rosa, quien acaba sintiéndose atraído por ella. Un acoso sexual que comienza siendo poco más que verbal, y que ya provoca discusiones en el matrimonio por la no actuación de Higinio, que termina tornándose brutalmente físico y violento. El marido, ausente, se ve de nuevo en la situación de volver a poner en riesgo su vida, y esta vez no por defender sus ideales, sino para proteger a su esposa.
Salvo en contados momentos, la cinta transcurre lenta y paulatina durante la mayor parte del metraje. Los directores logran transmitirnos con gran acierto la angustia, la impotencia y el desasosiego de Higinio, pero todavía con mayor ahínco nos arrojan a la cara la desesperación de Rosa, su flaqueza, aunque también su valor y fortaleza, que son las que marcan definitivamente esta historia.
Uno de los momentos cumbre, que varía el ritmo de la película y la hace ir hacia nuevos horizontes, es la decisión del matrimonio de tener un hijo. Esto supone, lógicamente, que cuando el estado de Rosa sea inocultable, deberá irse del pueblo y estar unos meses con unos familiares, dejando solo a Higinio ante cualquier problema o contrariedad, para regresar después con una criatura. Una que prácticamente vivirá sin un padre presente y que deberá llamar «tía» a su madre de puertas para afuera.

La fotografía de Javier Agirre Erauso y la música de Pascal Gaigne nos acompañan retratando este encierro y esta lucha de manera calmada, extendida y, por consiguiente, desesperanzadora. Porque, aunque conozcamos las fechas clave que puntualizan los cambios en la historia, el total desconocimiento de las mismas por parte de los protagonistas solo nos transmitirá una tristeza y un abatimiento difíciles de abarcar. Con cada nueva ilusión por parte de Higinio y Rosa de que las cosas cambien, de que la guerra termine, de que Franco sea vencido, asistimos a un nuevo y más duro golpe.
Lo que persiste, como el pulso de los realizadores, que no parece amedrentarse ante todo el material que van entretejiendo, es la voluntad de Higinio por sobrevivir, albergando una esperanza que, aun marchitándose, resiste a través de las décadas y los terribles problemas, y la de Rosa, por mantener vivo el amor por su marido y seguir a su lado, por él y por sus ideales, renunciando a una vida normal; por criar sola a su hijo, ayudarle a entender la difícil situación y acostumbrarle a ella; por mantener, en la vida en general, la compostura cuando todo alrededor parece querer desmoronarse. Rosa –Belén Cuesta– es la película, de ahí su merecidísimo Goya. Un personaje y una actriz que roban totalmente el protagonismo, que nos emocionan, que llenan la pantalla.
La trinchera infinita no solo es otra película más de la trillada Guerra Civil y todo lo que engloba –periodo anterior, posguerra, franquismo…–, sino que se alza como un retrato de la fortaleza y la voluntad humanas, de la resistencia y, por encima de todo, del amor entre las personas.

Aviso: apuntes sobre el final:
El tramo final de la película se me antojó, aunque la cinta se vea esperanzadora en su conclusión, terrible. Cómo el encierro de Higinio se prolonga durante la mayor parte de su vida, hasta que, junto con Franco, todo conflicto termina. Sale del escondite un Higinio envejecido, mucho más que su esposa, que casi desconoce el mundo real que mora fuera del agujero, que se ha visto desprovisto de sus mejores años, que se ha perdido la infancia y el crecimiento de su hijo y, por encima de todo, su propia vida.
También el personaje de Gonzalo tiene algo que ofrecer al final, ya que, como Higinio, se ha convertido en un anciano y sigue alimentándose, únicamente, de la obsesión que lo ha marcado de por vida. Una obsesión que ahora, al fin, ve confirmada, pero que no representa para él ningún triunfo. No hay victoria aquí, solo desmoronamiento y decadencia. Similar a Higinio, él también ha perdido o desperdiciado su propia vida por una creencia.
Y al final, lo único que tenemos es a dos ancianos, dos viejos enemigos, mirándose asustados a través de una ventana.