Este tercer largometraje de Martin McDonagh, después de Escondidos en Brujas (2008) y Siete Psicópatas (2012) nos regala una historia sobre la pérdida, la asimilación y la impotencia, pero también sobre la ira y la compasión, con un abanico de personajes magníficamente escritos compone este drama sustentado en un perfecto equilibrio de géneros.
Tres anuncios en las afueras supuso una de las mejores películas –si no la mejor– presentadas a los Óscar en 2018. Frances McDormand se alzó con la estatuilla a Mejor actriz principal y Sam Rockwell con la de Mejor actor de reparto, ambos merecidísimos. En mi opinión, debería haberse llevado también el de Mejor guion original, que fue a parar a Déjame salir (2017) y el de Mejor película, otorgado a La Forma del Agua (2017).
La protagonista es Mildred Hayes (Frances McDormand), una mujer de cincuenta años cuya hija ha sido violada y asesinada. No hay ninguna prueba, la investigación está estancada y el cuerpo de policía parece no hacer nada al respecto, por lo que decide alquilar tres enormes vallas publicitarias a las afueras de Ebbing, Missouri, para denunciar y responsabilizar directamente al jefe William Willoughby (Woody Harrelson).

Partiendo de esta premisa, McDonagh desarrolla una película que entremezcla géneros de forma magistral para ofrecernos una tragicomedia escrita con un equilibrio envidiable y que resulta en un western moderno protagonizado por una mujer.
Cada aparición de Frances McDormand, cada frase que escupe su rabia, cada llanto que mana de sus profundas heridas y cada sonrisa que dibuja su fortaleza, resultan en una contundente pedrada difícil de esquivar.
Los personajes, su evolución y las relaciones entre los mismos son la gran baza de la cinta, más allá del posible avance policial ante la presión de Mildred. Todos ellos son poliédricos, a pesar de lo que en ocasiones pueda parecer por sus acciones; están muy bien construidos, son complejos y, ante todo, humanos. En este drama sureño ubicado en una pequeña población en la que todos o casi todos se conocen, los protagonistas son capaces de dejar a un lado las querellas, sus disputas personales, su rabia, su racismo o cualquier barrera que impida un acercamiento personal cuando surge un verdadero problema que prevalece ante los demás o los sobrepasa.

Uno de los ejemplos más claros, que aparece relativamente pronto, se manifiesta cuando Mildred es llevada a comisaría por agredir al dentista del pueblo. El jefe Willoughby está hablando con ella en una especie de taimado interrogatorio propiciado por la cercanía y, enfermo de cáncer, tose repentinamente y escupe sangre a la cara de Mildred. Entonces ella, que hasta el momento no había mostrado ni una pizca de piedad en su constante presión la jefe, aun conociendo su estado de salud, derruye todas sus barreras y cede ante la violencia de la situación, el terror y la inocente impotencia que muestra Willoughby en sus ojos. Él, como un niño que está perdiendo totalmente el control de la situación y de su vida, se disculpa entre temblores. Mildred se levanta de la silla y se acerca para tocarlo y dedicarle unas palabras llenas de ternura y compasión. Palabras que caen como losas sobre el espectador y que evidencian que, incluso más allá del desgarramiento producido por la pérdida de su hija y por la rabia que concentra en el jefe, existe una humanidad que los sigue uniendo y que establece unas claras prioridades.
El personaje encarnado por Harrelson, aun pudiendo haberse visto trasladado a un segundo plano por circunstancias de la trama, continúa presente en todo momento, casi en primera línea, a través de unas cartas que escribe y que envía a varios de los personajes y que calarán profundamente en ellos, convirtiéndose casi en una luz para guiarlos a través de la difícil situación en la que se hallan inmersos e, incluso para algunos, en su vida, haciendo que se revele ante ellos la auténtica verdad o naturaleza que moraba en su interior.
Este es el caso del policía Dixon, interpretado por Sam Rockwell. Un hombre marcado por una infancia complicada, uno de los máximos exponentes del odio y el racismo en esta historia. Torpe, agresivo e iracundo, termina convirtiéndose en una de las piezas fundamentales de la trama por sus dos naturalezas.

Casi cualquiera de sus acciones, cada gesto, cada mirada, parecen ancladas en la confusión. Una confusión que desemboca en irritación y estallidos de odio o desprecio. Confusión ante los valores que le han sido inculcados, los hechos que lo han marcado, las todavía presentes enseñanzas de su madre. Lo que se esperaba de él y aquello en lo que se supone que debe convertirse. Todo esto contrapuesto y enfrentado al potencial que alberga en su interior y que solo unos pocos son capaces de ver. Un personaje apartado y en parte repudiado por lo que se le ha impuesto y que tal vez deba dejar atrás sus ideales para convertirse en otra cosa, en algo mejor.
Sam Rockwell nos brinda una de las mayores y más satisfacciones evoluciones de un personaje que he presenciado en mucho tiempo. Otro claro ejemplo de lo mencionado, de esa humanidad que, al final, por escondida que estuviera, termina apareciendo como un fogonazo y abrasa todos los pilares que sostenían al personaje para cambiarlo de por vida, lanzándolo furiosamente en otra dirección muy distinta.

La escritura de la película goza de un realismo y un equilibrio casi perfectos. La historia y todo lo que la enriquece es doloroso, pero estas personas, como cualquiera de nosotros, consiguen arrancarnos más de una tierna sonrisa o una risa culpable tras presenciar, muchas veces, la exposición de un intenso sufrimiento. Es lo que se consigue aunando y entremezclando géneros de una manera tan orgánica, ante la cual solo cabe rendirse.
En resumen, Tres Anuncios en las Afueras es una de las mejores películas de 2017 por la calidad de sus personajes, por la increíble comunión de géneros, por un guion tan bien escrito y equilibrado y por una dirección que le otorgan unos estándares de calidad cinematográfica difíciles de superar.