El año pasado asistí, por tercera vez, al visionado de un largometraje de S. Craig Zahler fuera de las salas de cine. Pensé que en esa ocasión sería diferente, pero no. Uno de los motivos principales es que a muchos ese nombre seguirá siéndoles desconocido. Otro, seguramente, el tipo de cine del que se trata, de lo que hablaré más adelante. Sea como sea, no deja de ser una lástima, porque estas son películas de las que apenas quedan.
Aunque el nombre del director no suela estar en boca de todos, más de uno reconocerá el título Bone Tomahawk, soberbio western con un reparto de lujo que combina géneros de forma magistral y que se estrenó en 2015, ganando el Premio a Mejor Director en el Festival de Sitges.
En 2017 regresó con Brawl in Cell Block 99, un pausado y violento thriller carcelero en el que hacía brillar a Vince Vaughn. Un año después aparecía esta Dragged Across Concrete, otra vuelta de tuerca, que pudimos disfrutar en 2019.

Lo primero que llamó la atención de este proyecto, una vez más, fue el reparto. Pese al poco y desmerecido renombre con que cuenta el director entre el gran público, y más fuera de Estados Unidos, los carteles de sus películas siguen luciendo nombres de primera fila. En esta ocasión repite con Vaughn e inserta a un Mel Gibson al que ya hemos visto en otros thrillers recientes como Blood Father (2016). Este es el dúo protagonista, aunque, al igual que en el descenso a los infiernos carcelario, volveremos a ver a Don Johnson y Jessica Carpenter, que parecen erigirse como asiduos del director, y a otros secundarios como Tory Kittles (True Detective) o Laurie Holden (The Walking Dead).
La trama sigue a los protagonistas, dos policías que, tras hacerse público un video en el que se les ve empleando duras tácticas de detención de delincuentes, son suspendidos y se ven envueltos en un violento caso de gran envergadura al margen de la ley.
Más que en Bone Tomahawk, aquí Zahler repite y extiende la fórmula empleada en Brawl in Cell Block 99. Desde el mismísimo inicio, cuando Henry Johns (Tory Kittles) regresa a casa de su madre tras salir de prisión, vemos que estamos ante una cinta que, seña del director, va a cocerse a fuego lento, sin prisas, dejando que las cosas sucedan a su ritmo.

Al igual que en Drive (2011), de Nicolas Winding Refn, veíamos claros tintes ochenteros en su estilo visual y sonoro, aquí la ambientación e influencia de los thrillers policíacos de los setenta es más que palpable. Y por mucho que Zahler emplee ciertos recursos del cine negro más actual, la suya es una cinematografía de corte clásico.
Veremos pocos planos rápidos y en movimiento con cámara en mano. En esta cinta predominan el tempo lento y los encuadres fijos que se prolongan estáticos, como en una obra de teatro, dejando que la acción vaya desarrollándose. Por supuesto, también las escenas y las secuencias son largas, lo que permite, gran baza del director, que los personajes se explayen en los diálogos, que hablen y hablen y nos permitan entrever, a través de ellos mismos, cómo son en realidad, cuáles son sus intereses, sus virtudes y defectos, sus puntos fuertes y débiles. Para el que es capaz de sentarse frente a la pantalla durante dos horas y media de metraje, este es un cine altamente disfrutable.
Son múltiples los ejemplos con los que evidenciar las características mencionadas. Tras la secuencia del regreso de Henry Johns, la primera aparición del dúo protagonista es también un caso claro. Zahler se toma su tiempo para mostrarnos cómo detienen a dos sospechosos y los métodos que emplean para ello. Enseguida nos damos cuenta de que la química entre los dos policías, el veterano y el más joven, será uno de los puntos fuertes del filme.
Tras ser suspendidos, es Ridgeman (Mel Gibson), el más veterano, quien, tirando de contactos, conocerá la existencia de unos criminales que pretenden dar un golpe y que, al hacerlo, tendrán en su posesión una gran cantidad de dinero. Él lo necesita para poder sacar a su familia del barrio conflictivo en el que residen, y a su compañero Lurasetti (Vince Vaughn) también le vendría bien para darle a la chica con la que pretende casarse una vida mejor de la que tienen. El riesgo es muy alto en ese golpe a lo Robin Hood, pero estamos en un filme de S. Craig Zahler, y sabemos que cocinará la tensión a fuego lento hasta hacerla estallar de forma brutal y admirable por un lado u otro; tal vez por todos.

La secuencia de la vigilancia en el coche hasta que dan con los criminales, otro claro ejemplo. Quizás unos veinte minutos de metraje en los que se suceden dos o tres días y en los que solo vemos a los dos policías en el coche, esperando, comiendo, charlando, durmiendo, desquiciándose y discutiendo. Pero es aquí donde mejor se les ve realmente como personajes, como seres humanos. Cuentan sus historias, sus dramas, sus inquietudes, los problemas que los han llevado hasta ese coche, y vemos cómo hablan e interactúan entre ellos. Pocos cineastas se toman –o pueden tomarse, si solo aspiran al circuito comercial– esta licencia para dejar que sean sus personajes quienes se expongan, y no hacerlo él a golpe de plano y montaje posterior. Además de la calma y la tensión creciente, el humor también está presente en este thriller, tal vez el más orgánico posible, que va desde la sutileza hasta la explicitud con tan solo un par de frases. Resulta ridículo y a la vez gratificante escuchar a Vince Vaughn decir «Mecachis» cuando algo no le sale bien, sabiendo que se trata de un policía de dudosa moralidad, que mide casi dos metros y al que ya vimos arrancando cabezas a pisotones en filmes anteriores. Uno espera ciertas cosas y, con Zahler, solo es cuestión de disfrutar y dejarse llevar.
En cuanto a la secuencia de acción que prácticamente remata la cinta, más de lo mismo. Movimientos calculados, silencio, espera, actuación y reacción ante los giros inesperados. Hay violencia y brutalidad, claro, pero una vez más no se trata de un único arranque frenético. El director vuelve a tomarse su tiempo y concluye con su narrativa de la forma más satisfactoria posible. No se trata de una película de acción, por lo que es lógico que, aun en las escenas en las que cabría pensar que todo se acelerara y corriera desbocado hacia una culminación, también esta acción tenga su propio pulso y, de esta forma, logre sobresaltarnos todavía más. Un disparo, un choque, un coche volcando, un destello que arranca una sorpresa ante una posible fatalidad. Se lo arranca a los personajes y a nosotros, los espectadores.
Así es el cine de S. Craig Zahler y, para cualquiera que sepa valorar sus virtudes como cineasta, solo deseará saber cuándo llegará su próxima película.

Antes de terminar, mención especial a los créditos que, junto al tema Shotgun Safari, interpretado por The O’Jays, con Eddie Levert y Walter Williams Sr., evocan el que podría ser el opening de una serie policíaca de los años setenta, con breves clips de cada personaje sacados del filme que se congelan para que aparezca su nombre y el del actor que lo interpreta. Un golpe seco para dejarnos pensando en todo lo que acabamos de ver. Y, como curiosidad, la banda sonora ha sido compuesta por el propio Zahler junto a Jeff Herriott.