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Vida oculta

marzo 30, 2021 by admin

Terrence Malick vuelve a entregarnos una obra de una belleza y una delicadeza arrebatadora, con una precisión maestra para filmar lo íntimo y lo sencillo. Una película que tal vez se extienda demasiado en su metraje, pero que lo devuelve a su estilo más clásico. Es posible que Vida Oculta sea la cinta que más se asemeje a la maravillosa El Árbol de la Vida (2011), aunque posea importantes diferencias en la forma de su narrativa.

Franz y Fani Jägerstätter son un matrimonio de granjeros que vive con sus tres hijas en un paisaje idílico de los Alpes austríacos. Vemos su estilo de vida a través del prisma de Malick, su día a día en las praderas y las imponentes montañas acariciadas por las nubes, hasta que la sombra prematura de la Segunda Guerra Mundial llega con toda su confusión y ruido de fondo hasta la pacífica población de Sankt Radegund.

Franz y los demás hombres parten al servicio militar, que completarán con cierta alienación, sin saber que todo lo que aprenden, cómo empuñar un arma y dispararla, cómo matar a otros hombres, deberá ser puesto en práctica poco tiempo después. Aunque es este desconocimiento lógico el que hace que, tras apuñalar a los muñecos de entrenamiento, busquen la fraternidad, las risas y olviden el motivo por el que están allí.  

Al terminarlo, Franz regresa a la granja con su esposa. La confusión deja paso a la realidad cuando los hombres comienzan a ser llamados a filas. Franz duda desde un principio, acerca de los motivos que mueven la guerra y los ideales que la respaldan, unos con los que no está de acuerdo. Sin embargo, sus vecinos van asimilando paulatinamente el discurso xenófobo que horroriza a Franz y este, temiendo que pronto le llegue la hora de marchar, no esconde su postura de rechazo a esta ideología ante el resto de la población. Sabe qué puede suceder si se niega a ir a filas, pero sus creencias lo empujan cada vez con más fervor a esa negativa.

Aquí comienza una nueva etapa en sus vidas. Desde el alcalde, predicando fervientemente las ideas del nazismo, apoyando la causa de Hitler, hasta prácticamente la persona más humilde de la población, todos se ponen en contra de la familia Jägerstätter. Tanto ellos dos, trabajando en los quehaceres diarios, como sus hijas, jugando en las calles, solo reciben rechazo por parte de sus conciudadanos. Son insultados, menospreciados y agredidos, verbal y casi físicamente. La convivencia empieza a ser insoportable. Y sus vidas siguen su curso en tan hostil comunidad mientras temen la llegada del cartero con el documento que llamará oficialmente a Franz a filas. El miedo y las dudas se dan de la mano en esta parte del filme en la que lo único que parece mantenerlos unidos, además del amor, es su fe inquebrantable, sus ideales sociales y religiosos, viéndose apoyados únicamente por unos pocos personajes que aparecen como secundarios, a través de los cuales Malick nos enseña las dudas crecientes de Franz, que los escucha, en contraposición con la voz general activa de las calles que va extendiendo el odio día tras día. Estas pequeñas historias terminan siendo redondas y añaden a la cinta un lujoso matiz de detalles.

Finalmente, como se esperaba, Franz es llamado a filas y, tras varias negativas, es llevado por los militares a la fuerza. Al ser incapaz de jurar lealtad a la causa de Hitler, sea cual sea el puesto que pueda ocupar después en su ejército, es arrestado.

La historia está dividida en tres grandes bloques o partes. Una primera, tal vez de casi una hora, en la que se nos presenta la vida pacífica y bucólica del matrimonio en la granja. La segunda, que arranca con la sombra de amenaza de la guerra, que todavía se ve lejana y un tanto irreal y que está marcada por el miedo, la confusión y la duda. Y la tercera, que empieza con la llamada y arresto de Franz, narrándonos su calvario y el de su familia hasta desembocar en el final.

Lo primero que llamó mi atención, cuando se anunció la película tiempo atrás, es que Malick no iba a contar con Emmanuel Lubezki para su nuevo proyecto, con quien había hecho todas sus últimas películas, desde El Nuevo Mundo (2005) hasta Song to Song (2017), siendo un total de cinco.

Viendo el tráiler y sus poderosas imágenes, uno quedaba extrañado por la ausencia de Lubezki, ya que las similitudes con su estilo eran numerosas, como el uso reiterado del gran angular al servicio de la narrativa de Malick, pero, una vez vista la película, se hace más palpable que no fue el Chivo el director de fotografía. Con él no habríamos tenido tantos planos fijos, y los que poseen mayor movimiento quizás hubieran sido más suaves y fluidos, menos caóticos. Sea como sea, la cinta no se resiente, porque quien tomó su relevo fue Jörg Widmer, asiduo de Malick como camarógrafo y que había compartido set con Lubezki en contadas ocasiones. Por ello, el resultado es sobresaliente.

La primera hora de metraje inundó mis sentidos en la sala de cine. Encontré en ella algunas de las secuencias, escenas y planos de mayor belleza que he visto jamás en una película. Malick es obsesivo en su estilo, es paciente, calmado y nos enseña la vida de estas personas con una sencillez y una delicadeza únicas, propias de un maestro de la narrativa y la cinematografía. Malick y Widmer empujan la cámara con suavidad –sí, hay suavidad incluso en esos planos con gran angular, tan movidos–, mimo y un cariño desmesurado, totalmente al servicio de lo que están filmando. Puede palparse el amor que el cineasta siente por la historia que está contando, y eso es lo que sentimos, el amor tan desmedido, propio de un cuento, que sienten Franz y Fani, entre ellos y hacia sus hijas. El metraje no parece ser un problema para Malick, por lo que se toma su tiempo para enseñarnos con calma las impresionantes localizaciones de la población. Las verdes laderas, como un paraíso, las construcciones, las imponentes montañas al fondo, las nubes y la niebla filtrándose entre ellas, el cielo inmenso y los rayos del sol acariciando todo cuanto bañan con su luz. Y los personajes, abordando sus tareas diarias, los múltiples trabajos que realizan en el campo y con los animales, las comidas familiares, los juegos con las niñas, las festividades en la población y las relaciones con sus vecinos, el cariño que se profesan todos ellos, los besos, los abrazos, las caricias, las muestras de un amor que llena toda una vida y que pronto deberá ser el pilar que sostenga a la familia ante la tormenta que se avecina.

Malick y Widmer filman con absoluta maestría, con la calma y precisión de quien comprende las relaciones humanas y se abandona a ellas. Se suceden y complementan con asombrosa efectividad planos fijos de los paisajes, que no dejan de asombrar aun cuando nos los han enseñado reiteradamente durante treinta minutos, escenas rodadas casi enteramente con gran angular, planos de seguimiento de los personajes, más o menos movidos, en los que la luz y el dinamismo rebosan vitalidad, como el propio mundo y los personajes a los que captan, y los planos cortos, íntimos, detallistas, de esas caricias, de manos agarrándose, de miradas y sonrisas. Todos estos planos se entremezclan formando un mecanismo perfecto, pero será en esos últimos, los más cercanos, donde el cineasta logre golpearnos de lleno con una ola de sensaciones y elevarnos, junto a la familia Jägerstätter, a esos lugares que reposan sobre las nubes.

Claro que el espectador es consciente de que esa vida que se nos muestra, en la que se trabaja duramente de sol a sol, no puede ser tan idílica a pesar del amor y de la paz que se respira. Por mucho que Malick nos hechice no obviamos que, aun con esa sencillez tan realista, nos está contando una parábola, pero da igual, porque lo vemos con gusto, con gozo. Nos empapamos de esa primera parte que es pura y arrebatadora belleza narrativa y audiovisual y cedemos ante el cineasta. Puede hacer lo que quiera, pero que siga haciéndolo con tal maestría y acierto.

Su pulso no cambia al entrar en el segundo bloque, aunque se evidencia mediante los actores, la música y las vibraciones que se nos transmiten, un cambio de tono importante. Es aquí, sobrepasada la primera hora de metraje –no soy capaz de especificarlo de forma precisa–, cuando comencé a entrever que, abandonando ese tono anterior cercano al de una fábula, la cinta se volvería más lenta. Porque todo continúa con la misma calma y el mismo mimo por los detalles, y Malick sigue sin escatimar en recursos que, en ocasiones, se vuelven repetitivos. Como para asegurarse de que entendemos sus dudas, llega a mostrarnos lo mismo casi con los mismos planos y, diez minutos después, lo hace de nuevo. No llegó a resultarme molesto o hacer que me embargara una pesadez que me haría variar totalmente mi opinión sobre el filme, pero sí me cansó en según qué secuencias. A veces deseaba algo más de rapidez, de parquedad o de optimización narrativa y visual.

Aquí es donde encuentro el gran cambio narrativo de Malick en comparación con sus trabajos anteriores, situado en un punto nuevo; o tal vez no tanto, pero uno en que no se ubicaba desde hacía muchos años. En El Árbol de la Vida el cineasta contaba su historia alternativamente. Dejando al margen detalles de la trama, eran constantes los saltos temporales, los flashbacks, y la cinta avanzaba desde un principio claro hasta un final también claro yendo hacia adelante y hacia atrás constantemente. A parte, empleaba con asiduidad planos y escenas que no poseían un sentido físico, literal, sino que servían simplemente como metáforas de cómo se sentían los personajes ante lo ocurrido o cómo evolucionaban, y lo hacía con envidiable maestría que derivaba en una poética cinematográfica ante la que solo cabía rendirse. Después, en otras cintas como Knight of Cups (2015), dejaba más de lado aún la narrativa clásica u ordinaria para emplear muchas más metáforas visuales, haciéndonos apreciar lo complicado de sus montajes. Era otra manera de contar, ni mejor ni peor, pero que fue más allá que en El Árbol de la Vida. Lo que sucedía con estas obras es que algunas partes podían ser más difíciles de comprender, había una simbología que desentrañar, pero apenas la hay en Vida Oculta. Aquí recupera una narrativa totalmente lineal, aunque incruste algún que otro flashback, recuerdo, etc., pero la película se sigue con absoluta sencillez. Esto no es malo, es, nuevamente, otra forma de contar historias, pero lo que se erige como una incoherencia con este estilo es que, no habiendo problema alguno para entender la trama ni las imágenes, Malick dedique tiempo y recursos para explicarlo repetitivamente, como la voz en off de Franz que nos guía a través de toda la obra, sacada de unas cartas reales que envió desde prisión, o diálogos que no hacen sino evidenciar redundantemente lo que acabamos de ver en un plano acertado, sencillo y que no necesitaba de más explicación.

Comentado esto, debo recalcar que las historias de los personajes secundarios, como nombraba anteriormente, gozan en su mayoría de buenos diálogos, aportan profundidad, dramatismo y comprensión a la historia; comprensión en cuanto a que, al relacionarse los mismos con Franz y Fani, nos permiten ahondar en su psicología.

Para cuando llega el tercer bloque, el calvario de Franz, y se ahonda en él, ya me doy cuenta de que, efectivamente, el metraje me resulta excesivo. Esto no quiere decir que, al igual que el resto de la película, no posea secuencias absolutamente magistrales y de una potencia dramática sin igual. Lo que castiga, tanto a la historia como al personaje, es otra incoherencia. Malick nos muestra a Franz más como a un mártir que como a un ser humano. Aquí sucede lo contrario que en el primer bloque, en el que la belleza irreal que se nos enseñaba no resentía la historia, sino que la convertía en la fábula mencionada, pero en este tercer bloque lo único que se consigue es que el personaje se vuelva plano. Es, como decía, más un ideal que un personaje de carne y hueso. Tal vez, de haber ahondado más en sus dudas y en sus miedos y haber profundizado en este aspecto, tanto la cinta como su protagonista habrían ganado mucho. Esto es lo que hizo Malick, por ejemplo, en El Árbol de la Vida, en la que no se centraba en explicar y definir el sentimiento de pérdida, sino en hacernos ver cómo esos personajes, que son la gran baza del filme, la sobrellevan, la enfrentan; qué significa para cada uno de ellos.

Con todo, con sus tres horas de metraje y sus redundancias, no deja de ser una película magnifica que consigue llegar a lo más hondo y que ofrece, además de una belleza deslumbrante e imposible de obviar, tanto narrativa como audiovisual, un retrato humano de una sencillez, delicadeza y precisión extraordinarias.  

Aviso spoiler: apuntes sobre el final

A pesar del cansancio mencionado, que me golpeó en su mayor parte durante el tercer bloque, debo decir que toda la secuencia narrativa de la ejecución de Franz, desde que los presos son transportados al lugar hasta el mismo final, me pareció sublime.

Su miedo y el de los demás se hace palpable en la sala de cine, tanto que llega a estremecer. Los planos generales de los hombres, sus expresiones, el temblor de sus cuerpos, de las manos, el terror puro en sus muecas y sus miradas. El caminar lento hacia la sala de ejecución, el dejarse llevar, el abandonarse, el dejarse matar, al fin y al cabo, aunque no quede otro remedio, y también la vana y desesperada resistencia de otros. Malick filma el horror con la misma sutil delicadeza que la belleza, y es doloroso.

Esperando a ser llamados a la guillotina, Franz y un joven soldado, que se antoja casi como un niño, se besan en la mejilla, y encontramos aquí una última muestra de cariño, calor y humanidad antes de morir entre dos seres humanos que no se habían visto nunca, sentenciados por esos otros seres que, al contrario que ellos, parecen haber perdido todo rastro de humanidad y misericordia. Me pareció una de las escenas más desgarradoras y terribles, a la par que hermosa, que he visto en los últimos años. Una vez más, Terrence Malick filmando con una sencillez y precisión descomunales.

Aún volvemos a las montañas. Suenan las campanas a muerte, y el cineasta concede el beneficio de la duda: durante un momento, el pueblo suelta las herramientas, se para el que camina, se destapa la cabeza y piensa en Franz.

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